viernes, 25 de febrero de 2011

LA VOLUNTAD DEL TRABAJADOR EN LA RELACIÓN LABORAL

Reflexiono hoy acerca de situaciones de las que he sido testigo en varias ocasiones a lo largo del ejercicio de mi profesión, en las que un empleado ha querido romper la relación laboral con la empresa, por su conveniencia y al hacerlo ha utilizado fórmulas poco éticas, algo que no comprendo, dado que la relación laboral debería entenderse como voluntaria por ambas partes.

Cuando un empleado decide firmar un contrato de trabajo con una empresa, todos deberíamos entender que lo hace de una forma voluntaria, es decir, en el libre ejercicio de su libertad, exento de coacción de cualquier tipo. Cualquiera podría decir que cuando se firma un contrato de trabajo uno está necesitado de trabajar y es cierto, pero esto no es una coacción, es una circunstancia en la vida y no suele ser responsabilidad de la otra parte firmante del contrato.

Me ha sorprendido, como escribía al principio que, en algunos casos, el empleado que considera que debe dejar de trabajar para una empresa, bien para conseguir un puesto distinto y más motivador en otra, bien para obtener otro tipo de beneficios más valorables en ese momento, decide generar una situación en la que el empresario se vea obligado a despedirlo, como si él no tuviera la posibilidad de romper esta relación de una manera natural, simplemente sentándose a hablar las cosas con el “contratante” de sus servicios.

En estas situaciones, al contrario de lo que debería ser, la postura es “me quiero ir, pero rompe tú la relación”, sin entender en ningún momento que el contrato laboral, como cualquier contrato entre dos partes, iguala las posiciones en esta relación, es decir, voluntariamente uno y otro, deberían poder deshacer la relación, cada uno, asumiendo las responsabilidades que establece la ley.

A menudo tratamos la relación laboral como una relación de por vida, sobre todo, cuando firmamos un contrato indefinido, cuya principal característica es que no tiene definida la fecha de finalización, de ahí que se le haya dado este nombre; sin embargo, el empleado lo denomina “contrato fijo”, porque ya está “fijo” en la empresa y esto es una calificación impropia, dicho de otro modo, no hay ninguna propiedad en ese contrato que nos permita pensar que no va a finiquitarse en algún momento.

Sobre todo en estas últimas fechas, en las que algunos viven un curioso síndrome del que hablaré en un futuro, cuando esta época de dificultades haya pasado, pues no quiero herir sensibilidades, llegan a mí casos en los que, como indicaba al principio, la carga de la finalización del contrato, a pesar de ser voluntad del trabajador, termina asumiéndola el empleador.

Pido una reflexión sobre la libertad que conlleva  la firma del contrato, que está claro que propone obligaciones a ambas partes, pero también conlleva la libertad de continuarlo o rescindirlo, pudiendo hacerse siempre de una manera fácil, cuando hay buena comunicación.

Como siempre a vuestra disposición en smorales@gesalmed.com y www.facebook.com/sergio.moralesparra